El Sembrador y la semilla
Ayer sembró una semilla:
este fue mi Sembrador.
La fue regando y mimando
con un bello resplandor.
Con hermosas bendiciones
y muchos detalles de amor,
la semilla cuidaba
mi buen Sembrador.
La tierra fue removida
con grandes sacudidas;
la semillita sufría
y por lo tanto no entendía.
La semillita decía:
¿por qué si es de noche
cuando es de día?
¿Por qué este encierro?
sentía que se moría
Y con lágrimas decía:
—Me muero en la oscuridad;
si yo nací para la vida,
¿por qué me han de enterrar?
Pero el Sembrador conocía
lo que la semilla padecía,
y con sus lágrimas
el jardín se humedecía.
Y el buen Sembrador le decía:
—Ahora no puedes entender;
mañana, cuando seas un árbol,
me lo sabrás agradecer.
Puede que algún día entiendas
que para tu bien te sembré,
pues en cada noche oscura
nace un bello amanecer.
Y así el Sembrador la cuidaba,
día y noche la mimaba,
esperando que diera el fruto
para el cual fue destinada.
Con palabras tiernas le hablaba,
y la semilla escuchaba
una voz que distinguía:
la de su buen Sembrador
que siempre la cuidaba.
—No temas, pequeña semilla,
jamás serás abandonada.
Yo estaré contigo
en las buenas y en las malas.
Algún día verás la luz,
esa luz que desde siempre te guiaba.
Eres la semilla que en mis manos estaba,
la que desde siempre amaba.
Serás un árbol frondoso
donde muchos anidarán,
con raíces profundas,
siendo para ti la Trinidad.
Aunque los vientos sean fuertes
y veas muchas semillas morir,
piensa que son semillitas
que siempre han de vivir,
dando su fruto eterno,
siempre han de existir.
—No temas, ya están conmigo,
viviendo en la eternidad.
Aunque no lo entiendas ahora,
te has de acostumbrar
a que la vida es como un soplo:
como viene, se va.
Pero Yo siempre estaré contigo,
amándote de verdad,
mi semillita sembrada
con un destino final.
Vivirá para siempre,
para toda la eternidad.
Amén.
LEVJEP