sábado, 8 de noviembre de 2025

De la avaricia a la generosidad


Tendi mis manos al cielo,
pidiendo solo tener.
Mas Dios me habló en el silencio:
—No has venido a poseer.

Creí que el oro era vida,
que el poder daba valor,
pero hallé mi mayor tesoro
en el rostro del dolor.

Vi al hermano sin abrigo,
al niño sin un rincón,
y sentí que mi riqueza
no cabía en el corazón.

Entonces abrí mis manos,
y el miedo se disipó;
en cada pan compartido
el Señor se reveló.

Hoy camino por los pueblos,
llevando amor y verdad.
Ya no busco lo que brilla,
sino la eternidad.

Porque el alma misionera
no guarda, solo se da.
Y en dar con gozo y entrega
Dios mismo se dejará.

Así aprendí en mi jornada,
bajo el sol de su bondad,
que el Reino nace en quien vive
de la avaricia a la generosidad. 

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